martes, 1 de diciembre de 2009

El neoliberalismo y sus atroces consecuencias


En marzo de 1993 y luego de que la cantidad de empleados disminuyera considerablemente en los últimos años, la empresa Organización Fabril Argentina (OFA) debido a su declaración de quiebra, se ve obligada a cerrar sus puertas. Con el cierre de esta fábrica ubicada en la localidad de Villa Elisa, (partido de La Plata) se terminaban más de treinta años de labor ininterrumpida.
OFA había sido fundada por el italiano Dino Rocco a principios de los sesenta, cuando una oleada de extranjeros provenientes de dicho país europeo pobló las calles de Villa Elisa. La fábrica era una metalúrgica especializada en la producción de motores para lavarropas, y logró con el correr de los años establecerse de manera importante para la región, ya que llegó a emplear a mil trabajadores, generando un impacto vital en la economía de la localidad.
El cierre de esta sencilla fábrica barrial, deja entrever a las claras el fuerte impacto que originaría en toda la producción industrial argentina, las reformas impuestas por el naciente estado neoliberal del menemismo.
El ex gobernador de La Rioja, una de las más pobres del país, el doctor Carlos Saúl Menem gana las elecciones presidenciales de 1989 al vencer por más del 15% al candidato radical Eduardo Angeloz. Desde un primer momento para paliar la hiperinflación del 200 % que el gobierno en crisis de Raúl Alfonsín le entregaba, el nuevo presidente decide dar marcha atrás con sus promesas electorales, y el tan mentado salariazo nunca se lleva a cabo. Por el contrario y luego de plegarse al Consenso de Washington, Menem logra aprobar en un congreso devastado, tres leyes que serían vitales para el afianzamiento y la posible ejecución de esta nueva política economía (el neoliberalismo). La primera era la ley de Emergencia Económica mediante la cual suspendía todo tipo de subsidios, y autorizaba el despido de empleados estatales. La siguiente era la Ley de Reforma del Estado, a partir de la cual declaraba la necesidad de privatizar una extensa listas de empresas estatales. Y por última la ampliación de los miembros de la Corte Suprema, sumando cuatro jueces nuevos, con estos el gobierno se aseguraba la mayoría y ahuyentaba cualquier tipo de reclamo que se hiciera por las reformas.
Con estas leyes de reforma económica en vigencia el gobierno menemista inició sin reparo alguno la venta de empresas estatales. Las primeras fueron las telefónica ENTEL y Aerolíneas Argentinas. A estas iniciales ventas que fueron realizadas de manera fraudulenta y desorganizada, le siguieron las de los canales de televisión pública (todos exceptuando ATC), el transporte ferroviario, YPF y el Gas del Estado. Estas últimas privatizaciones llevadas a cabo con el ministro de economía Domingo Cavallo, lograron un mayor grado de organización, aunque acarreando grandes costos indemnizatorios que el estado debía hacerse cargo.
En 1991 es sancionada la ley de convertibilidad, la cual exigía al país respaldar con su moneda el tipo de cambio del dólar, el cual equivalía a un peso argentino. Es decir un peso, un dólar. Con esta medida el gobierno continuaba en su política económica del neoliberalismo, fomentando la inversión extranjera y facilitando la competencia de productos extranjeros contra los de producción nacional. La importación de manufacturas, por productos que antes se realizaban en las fábricas locales, dio como resultado una completa aniquilación de nuestra industria. Llevando a la quiebra a infinidad de empresas y generando el cierre masivo de fábricas. Estas a su misma vez dejando en la calle y sin empleo miles de cientos de argentinos.
Los niveles de desempleo alcanzaban a mediados de los 90 sus picos máximos, llegando al 20%, ayudado además por la fuerte ola de despidos masivos producidos en las empresas públicas privatizadas.
Así es que finalizando el último gobierno menemista, los trabajadores despedidos de sus fábricas, encontrándose desempleados recurren a la creación de Cooperativos de Trabajo con el objetivo de reabrir sus viejos puestos de empleo. Esta medida extrema realizada por los mismos trabajadores fue llevada a cabo en la OFA, quien gracias a la Cooperativa de Trabajo Villa Elisa logra en 1997 volver a sus labores industriales.
Los últimos años del gobierno menemista, finalizan con los descubrimientos de amplios actos de corrupción que habían sido llevados a cabo durante toda la gestión. Poniendo fin las elecciones de 1999 y la asunción de De La Rúa, a la década infame menemista de los noventa.

Ignacio Gordillo Fernández

De la corrupción a la globalización



No queda duda alguna que la década del 90, y con el los gobiernos menemistas, produjeron un cambio completo y rotundo en la Argentina.
Asumía la presidencia Carlos Saúl Menem, seis meses antes de lo establecido. La hiperinflación que sacudía al gobierno del radical Raúl Alfonsín, y las presiones ejercidas por sectores cercanos al electo futuro presidente, habían llevado a este a tomar las riendas del barco, antes de lo pactado, iniciando así su presidencia con el mote de salvador.
Desde un primer momento y sin avergonzarse en lo más mínimo de cambiar absolutamente lo prometido en su campaña electoral, Menem llevó a cabo una completa transformación de la economía del país. Privatizando gran parte de las empresas estatales de servicios y transporte.
Con los miles de millones de dólares que el gobierno recaudó en esos primeros años plagados de ventas incontrolables, y en gran medida corruptas, el gobierno menemista pudo controlar y hacer desaparecer la inflación. Además de lograr recaudaciones record. Pero todos estos beneficios se llevaron a cabo, suprimiendo al mínimo el control estatal, y lo que era “pan para hoy” sería “hambre para mañana”.
En el texto escrito por Mario “Pacho” O’Donnell, y titulado “El gran transformador”, que sería además utilizado como prólogo en la autobiografía de Menem. Se lee una defensa acérrima del escritor, al régimen conducido por el riojano. Y postula como los principales éxitos del gobierno menemista, la alta recaudación, lograda ya sabemos a que precio, y la capacidad de transformación que llevó a cabo en su mandato. Obviando claramente, que estos cambios perjudicaron a la mayoría de la población, e incrementaría como nunca la brecha entre ricos y pobres.
Con argumentos insólitos como que el “errar es humano”, y que Menem no podría controlar a todos sus dirigentes, O’Donnell intenta excusar los incontables casos de corrupción en los cuales el menemismo se vio incluido.
Sobre este último tema, vital durante el menemismo, el escritor Osvaldo Soriano, en su breve cuento “Vuelta a Casa” y Gabriela Cerutti, en su texto “Hijo E’Tigre” basan sus relatos, principalmente Soriano, quién realiza además una crítica hacia los medios de comunicación de la época, y las personalidades de la farándula que fuertemente conectadas, al gobierno menemista, vieron acrecentar sus cuentas en aquellos años. Demostrando en la prensa una exhaustiva ostentación de su dinero, mientras en las calles crecían las colas de desempleados.
Cerutti por su parte adelante en su relato, la caída del menemismo, a pesar de que a este aún le restaran tres años de gobierno. Debido a los casos de corrupción, y la cada vez más hiriente desocupación, que parecían no tener fin. Por el contrario, lo que si estaba llegando a su finalización era el poder de Menem. Luego de que osara intentar una re reelección, la cual fue obviamente absolutamente imposible. Solo le quedaba al riojano terminar su presidencia lo más dignamente posible.
Así es que luego de haber producido cambios fatales, y hasta el momento irreversibles (la mayoría de las empresas privatizadas siguen en manos extranjeras, salvo excepciones en el rubro de transportes), la década infame del gobierno menemista llegaba a su fin, y con ella comenzaría un nuevo siglo y milenio, que encontraría a la sociedad argentina globalizada, y con ideales altamente modificados. Tales como la desconfianza y el descrédito en los políticos, la negativa imagen del poder judicial, y la naciente credibilidad en los medios de comunicación de final de los 90, que les dejaban salir a la luz los casos de corrupción menemistas. Al respecto Rosendo Fraga realiza en su relato “La sociedad cambia” un análisis pormenorizado de estas modificaciones en el conjunto de la comunidad. Graficando todas estas transformaciones del pensamiento argentino en los noventa.

Ignacio Gordillo Fernández

La importancia de saber leer, para comprender


Los doscientos años de historia que la Argentina esta próxima a cumplir, desde aquel 25 de mayo de 1810 en el cabildo, a la actualidad, pueden verse reflejados perfectamente, y con gran cantidad de detalles, sin recurrir a ningún libro de historia.
El repaso del bicentenario argentino merece ser llevado a cabo a través de sus escritores, de sus poetas. De Sarmiento a Walsh, de Lugones a Arlt o de José Hernández a Borges, por citar solo algunos ejemplos.
La historia la escriben los protagonistas, y en muchos casos son ellos mismos quienes nos relatan a través de sus obras.
Cada autor que se lea estará contando su verdad, por ello se invita a atravesar todos los estilos literarios, y todos los credos o ideologías posibles, para así uno mismo pueda lograr forjar su pensamiento u opinión, luego de haberse empapado tanto con textos de quien más admira, a quien menos simpatiza.
Un hecho que sin dudas ha marcado a la sociedad es la Guerra de Malvinas. Con un gobierno dictatorial, que uso el terror como su mayor arma y cuando esta se vio superada y no alcanzaba ya, la amenaza para hacer callar las voces de justicia. Es que en las noches de alcohol y tejiendo alianzas invisibles, el presidente y comandante en jefe Galtieri, decide invadir las Islas Malvinas, para así devolverlas a su dueño original, que es nuestro país. Pero por sobre todo más importante para el alcoholizado presidente, lograr con este ficcional triunfo bélico, perpetuarse en el poder.
En este contexto, es que el sociólogo de la Universidad de Buenos Aires, Rodolfo Fogwill decide escribir “Los Pichiciegos”. En esta novela, el escritor plantea desde un primer momento y a lo largo de toda la obra, la absoluta imposibilidad de conseguir un triunfo por parte de la Argentina, reflejando con extrema minuciosidad, las diferencias con las cuales unos y otros se predisponían a combatir. Mostrando al ejército inglés como organizado, tenaz y destructivo, capaz de llevar a cabo cualquier acción, con el claro objetivo de ganar la guerra. Mientras que por el otro lado, Fogwill nos da a conocer a un grupo de no combatientes argentinos, autodenominados “los pichiciegos”. Estos soldados, con un alto grado de supervivencia personal y mezquindad a la vez, se refugiaban bajo tierra para huir de una guerra que no los representaba. Capaces con tal de sobrevivir, de llevar a cabo la traición al bando argentino, y solo teniendo como objetivo común, la supervivencia.
En este campamento subterráneo pueden observarse soldados de todo el país, y en la convivencia muchas veces agresiva, como a la vez solidaria, puede encontrarse un fiel reflejo de lo que puede llegar a ser nuestra sociedad.
Finalmente y como si su historia ya estuviera fijada de antemano, todos a excepción de uno de “los pichiciegos”, mueren sin siquiera haber combatido. Lo cual demuestra a la perfección la verdadera crueldad de esta guerra, que no se encontraba justamente en los campos de batalla sino en la inconsistente idea de enfrentar a una superpotencia bélica. Sin más armas que una invasión certera y por sorpresa, dejando como víctimas morales a toda una generación.
Por su parte y abarcando sin dudas una época vital para la sociedad argentina, como lo fue el nacimiento del peronismo, los escritores argentinos: Jorge Luís Borges y Adolfo Bioy Casares, escriben conjuntamente en el año 1947 un cuento titulado “La fiesta del monstruo”.
En dicho texto los autores narran en primera persona (la de un militante peronista), el viaje que un grupo de compañeros realizan hacia la Plaza de Mayo para escuchar a su líder. En este relato los escritores dejan entrever su profundo resentimiento de odio, que tenían para con el movimiento político liderado por Juan Domingo Perón.
Se lleva acabo en este cuento, una caricaturización de los fanáticos peronistas, con un altísimo grado de discriminación y exacerbación de todos los actos que la “turba peronista” como los denomina, lleva a cabo en su marcha a la Capital. Asesinando en dicho viaje a un judío que osó a no rendirle homenaje a Perón, como la turba se lo había exigido.
Sin lugar a dudas, y como más tarde el mismo Bioy lo admitiera, el texto fue realizado bajo un profundo odio, que esta clase de intelectuales (Bioy Casares, Borges, Cortazar) sentían por el movimiento de masas más importante de toda la historia argentina, y las reivindicaciones que este llevaba a cabo.
Con los textos comentados, se reflejan apenas dos situaciones de las tantas que marcarían al pueblo argentino en toda su historia. Y así como estos también ejemplifican, las variantes ideológicas y sociales, que nos llevan hoy a entender quiénes somos.

Ignacio Gordillo Fernández

Herencia petrolera



Debo admitir que la noticia no me tomó por sorpresa, teníamos como ejemplo lo hecho con ENTEL un año atrás. Y hacía ya varios meses se venía rumoreando en la empresa que nosotros también correríamos con la misma suerte. Nunca peor aplicado ese adjetivo, nada de suerte, era por el contrario una total desgracia. Sin embargo un tanto incrédulo, o por iluso, yo hacía oídos sordos a esos cuchicheos. A mi favor tenía la pura lógica, ya que sería totalmente irracional en nuestro caso, llevar a cabo lo hecho con las telefónicas.
Por eso ante cada compañero que me decía “ya vas a ver, van a terminar vendiéndonos a nosotros también” mi respuesta era negativa y me defendía repitiéndoles una y otra vez “¡YPF es distinta a las demás, nunca van a poder venderla, YPF es como… Argentina!”.
Pero claro, que les importaba a ellos que YPF fuera distinta, que nosotros los trabajadores la sintiéramos como propia, y que encontráramos en la planta de Ensenada, nuestro segundo hogar. Si con tal de llenarse los bolsillos de plata y defender el nuevo modelo económico, eran capaces de vender hasta el Cabildo.
Hacía veinte años que trabajaba en la planta, la mitad de mi vida dedicada a una de las primeras empresas estatales. Su nombre YPF, Yacimientos Petrolíferos Fiscales, creada por el general Moscón en 1922, y desde entonces abasteciendo de combustible a toda la Argentina y exportando mundialmente y con éxito sus productos.
En diciembre de 1925 se inauguró en Ensenada la refinería de YPF. Al poco tiempo mis padres dejaron la capital, para mudarse a las afueras de La Plata. Para luego Papá comenzar a trabajar en la reciente planta. Así fue que desde chico escuchando al viejo hablar de YPF y lo que esta significaba para el país, comencé a quererla. En plena adolescencia solía acompañar a Papá a la planta, y poco a poco empezaba a familiarizarme con Ensenada y me imaginaba en un futuro siguiendo los mismos pasos de mi padre.
Así fue que no lo dudé ni un segundo, terminé el secundario y arranqué a trabajar en YPF con mi viejo. Estudiando por la tarde y laburando por la mañana pasé más de siete años, hasta lograr recibirme. Ahora sí con el título conseguí el ascenso tan deseado en la empresa. A la misma vez que Papá se jubilaba.
Con el paso de los años logré formar mi familia, e incluso quise inculcarle a mi hijo el cariño por la planta de Ensenada, aunque sin el éxito logrado por mi padre conmigo. A todo esto, mi imagen en la empresa, y mi desempeño laboral, sumados a la trayectoria familia en la refinería me colocaban en un lugar privilegiado en YPF. Sin aspirar a tanto me convertí en un referente de mis compañeros, y en la voz de mando de los trabajadores de la planta.
Por ello mismo ante los rumores de venta fui a hablar personalmente con los directivos. Estos me dijeron que me tranquilizara, y que no armáramos alboroto. Pero nada me dijeron, sobre lo que ello preguntaba, por el futuro de la empresa.
Sin duda el hecho de no negarme la venta, dejaba a las claras la existencia de ésta como una opción más que valida para el futuro de YPF. Así fue que sin saber claramente que medidas tomar, les comuniqué lo ocurrido a mis compañeros, admitiendo ahora sí por primera vez, que la privatización de YPF era casi un hecho.
De común acuerdo entre todos, y sabiendo los costos que dicha operación podía causarnos a los empleados, comenzamos a protestar contra la privatización de nuestra YPF.
Fueron meses de lucha, huelga, y movilizaciones, todas estas encabezadas por mí. Buscando entre todos los compañeros buscando un único objetivo, defender la empresa nacional y nuestros puestos de trabajo.
Pero nuestros reclamos y nuestras voces, no eran escuchados. Ningún líder sindical, hacía caso a nuestros pedidos, y en los medios de comunicación, se bastardeaban a las empresas estatales, y se pedía a gritos por sus privatizaciones.
El final anunciado sucedió, y en los primeros años de la década de 90 YPF pasó a ser una sociedad anónima, la privatización estaba consumada, y junto con ella, una ola de despidos que ninguna indemnización lograría subsanar.
A tres meses de mi despido, aún no encuentro trabajo. El haber liderado una campaña contra las metodologías básicas de este gobierno, me hace pagar las consecuencias. Hoy tenía pensado ir al geriátrico a visitar al viejo, él está muy mayor ya, no entiende nada de neoliberalismo y apertura de mercados, no sabe lo que nos espera. Todavía no se si le voy a contar lo que pasó con YPF. Finalmente voy a verlo, lo saludo con un beso y lo miro a los ojos, él me pregunta rápidamente por el trabajo, cómo andaba la planta. Ahora sí no lo dudo, le miento. ¡Bien viejito, con algunos problemas, pero todo va a salir bien! Total yo se que algún día YPF volverá a ser del estado, volverá a ser Argentina.

Ignacio Gordillo Fernández